Un vendaval sacudía las paredes sin piedad, agrietándolas, agrientándonos. El frío nos quebraba, casi nos hacía explotar desde los huesos.
La mirada fija, las manos temblando. Literalmente podríamos haber tallado esculturas en el aire con una cuchara.
Desde que había comenzado todo aquel asunto, todos los días habían sido igual. Desde que apareciste y te esfumaste nada había variado. El mismo frío, la misma lluvia, el mismo septiembre. Todas las cartas que escribía eran iguales. ¿No lo ves?
Melanie me miraba. Yo me culpaba. Stella me culpaba. Kitty y Ben peleaban. Stradivari soñaba.
Si los habré nombrado ya trescientas veces y nada habrá variado.
Pero esa tarde recuerdo haberlo sentido más que nunca. La ciudad seguía con su vida, pero nosotros nos detuvimos en el tiempo y la fricción nos hacía rompernos los huesos y nos obligaba a no olvidar.
Creo que ya es suficiente. Tanta primera persona, tanta autocompasión, tanta culpa, tanto hablar de ti.
Cada vez las palabras más cortas, cada vez más papel.
Entonces no escribía. Ya no escribo. Y es por ti, James, amigo.
Siempre igual.
{ Dicen que cada molécula de nuestro cuerpo perteneció alguna vez a una estrella. Quizá no me esté yendo. Quizá este volviendo a casa. }
Gattaca.
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17.10.11
11.7.11
Ganas de explotar (como Jimmy, él siempre está ahí)
Kitty quería quedarse, lo sabíamos, pero también quería irse, como todos nosotros. Y, para mi desgracia, la comprendía. Ben, como siempre, sabía más de lo que pensábamos pero tampoco estaba muy seguro. Pero Stella... Stella lo tenía claro. Iba a huir en el coche rosa, a coger a todos los que habían hecho de nuestra vida un infierno, a quemar el mundo. Yo también.
Así que huimos, huimos lejos.
Salimos de las calles a trompicones, esquivando el deterioro de los edificios, el destrozo de las casas. Llegado al punto crítico, al puente, Stella apretó el acelerador y, como estando en una nube, olvidando por un momento todos los sucesos, pasamos. La carretera de salida se abría ante nosotros, y Kitty puso en marcha la radio en un autorreflejo. Nos sobresaltamos al escuchar una canción de blues sonando del pequeño aparato soldado al tablero de control del coche. ¿De donde salía esto, si más de medio país estaba en llamas? Pero, como en las pelis, tal como decía Stella, todo tenía que complicarse cuando mejor van las cosas.
No escuchamos los aviones militares.
No escuchamos los pasos de los soldados. No hasta tenerlos de narices bloqueando la carretera. Lanzaron una granada, no lo suficientemente lejos para hacernos volar por los aires, pero sí para hacer que Kitty cayera del coche. Se enganchó con una de las correas del capó del descapotable. Ben nos advirtió de los aviones que se disponían a soltar la metralla sobre la ciudad.
—¡Para!— le grité a Stella mientras intentaba soltar a Kitty— ¡Por dios, joder, para, Stella, para!
Veía los ojos de pánico de Kitty, el cuerpo del la cual era arrastrado por tierra como el de un vulgar títere, como Ben también intentaba ayudarla y encontraba entre los asientos de atrás un revólver. No sabía cómo, pero allí estaba, entre sus manos. Lo arranqué de sus manos, desesperado, y abrí la recámara, comprobando que había tres balas y pólvora suficiente para una. Y Stella no paraba, ella seguía acelerando y acelerando con intención de llevarse por delante la barrera de soldados. Quise creer que no me escuchaba. Salté al asiento del copiloto, mientras Ben se ocupaba de Kitty. Pero Stella no paraba. Le sacudí los hombros, dándome cuenta que ya no estaba consciente, puesto que se había golpeado la cabeza contra el volante con el salto de la granada.
—¡Mierda!— le quité el pie del acelerador, pero ya era tarde. Kitty cayó. Ben saltó. Yo cogí a Stella, y también salté, pero al tocar tierra ella ya no estaba entre mis brazos.
El coche se dirigía contra los soldados, y la única idea, esta idea que nos salvaría y que los mataría, hizo clic en mi mente. Disparé al depósito de gasóleo del Cadillac, y éste estalló justamente al llegar a los hombres. Volaron por los aires. La ciudad también voló por los aires gracias a las bombas de los aviones. Y Stella voló por los aires.
Salimos de las calles a trompicones, esquivando el deterioro de los edificios, el destrozo de las casas. Llegado al punto crítico, al puente, Stella apretó el acelerador y, como estando en una nube, olvidando por un momento todos los sucesos, pasamos. La carretera de salida se abría ante nosotros, y Kitty puso en marcha la radio en un autorreflejo. Nos sobresaltamos al escuchar una canción de blues sonando del pequeño aparato soldado al tablero de control del coche. ¿De donde salía esto, si más de medio país estaba en llamas? Pero, como en las pelis, tal como decía Stella, todo tenía que complicarse cuando mejor van las cosas.
No escuchamos los aviones militares.
No escuchamos los pasos de los soldados. No hasta tenerlos de narices bloqueando la carretera. Lanzaron una granada, no lo suficientemente lejos para hacernos volar por los aires, pero sí para hacer que Kitty cayera del coche. Se enganchó con una de las correas del capó del descapotable. Ben nos advirtió de los aviones que se disponían a soltar la metralla sobre la ciudad.
—¡Para!— le grité a Stella mientras intentaba soltar a Kitty— ¡Por dios, joder, para, Stella, para!
Veía los ojos de pánico de Kitty, el cuerpo del la cual era arrastrado por tierra como el de un vulgar títere, como Ben también intentaba ayudarla y encontraba entre los asientos de atrás un revólver. No sabía cómo, pero allí estaba, entre sus manos. Lo arranqué de sus manos, desesperado, y abrí la recámara, comprobando que había tres balas y pólvora suficiente para una. Y Stella no paraba, ella seguía acelerando y acelerando con intención de llevarse por delante la barrera de soldados. Quise creer que no me escuchaba. Salté al asiento del copiloto, mientras Ben se ocupaba de Kitty. Pero Stella no paraba. Le sacudí los hombros, dándome cuenta que ya no estaba consciente, puesto que se había golpeado la cabeza contra el volante con el salto de la granada.
—¡Mierda!— le quité el pie del acelerador, pero ya era tarde. Kitty cayó. Ben saltó. Yo cogí a Stella, y también salté, pero al tocar tierra ella ya no estaba entre mis brazos.
El coche se dirigía contra los soldados, y la única idea, esta idea que nos salvaría y que los mataría, hizo clic en mi mente. Disparé al depósito de gasóleo del Cadillac, y éste estalló justamente al llegar a los hombres. Volaron por los aires. La ciudad también voló por los aires gracias a las bombas de los aviones. Y Stella voló por los aires.
5.2.11
Porque Venecia tenía nombre de ciudad
Stella me alcanzó cuando crucé la última esquina de la avenida. Una mueca de irritación crispó mi rostro y, con la mirada todavía fija en los entretenidos adoquines desconchadas, escuché por primera vez su voz desde el funeral. Todavía sonaba desgarrada, rota. Pero segura como siempre.
-Crees que esto está bien, ¿verdad?
-Oh, Stella, cierra la boca. -le espeté. No tenía intención de herirla, solamente llevaba el cansancio a cuestas.
-De acuerdo, Lawrence, yo no pienso meterme más en esto.
Alcé la mirada, contemplando el contraste de sombras con los destellos que derramaba una enfermiza farola sombre sus cabellos. No hizo falta que clavase los ojos en mí para arrancarme un estremecimiento. Incluso antes de que sus labios se separasen, ya había escuchado lo que quería decir.
-Maldita sea, despierta de una vez. Hace justo dos meses que murió Jimmy...
-Lo sé, vengo de llevarle el mechero- dije despreocupadamente, jugueteando con los botones del pantalón.
-¿Quieres seguir ocultándole a todo el mundo que se pegó un tiro? ¿Qué estiró la pata?-continuó ella, haciendo oídos sordos a mi comentario -Allá tú.
Hollie. Chris. Gabriella. Las palabras de Stella me hizo recordar a todos ellos, desconocidos, amigos, compañeros. Sus miradas al descubrir algo que yo había intentado de manera infantil guardarme para mí.
-Muy bien. Vamos a hablar con Stravivari, a ver que tal le va. Acabemos cuanto antes con esto. Tal vez después decida ir a hacerle compañía a St. Jimmy.
-Cállate. Ella es la primera con la que deberíamos haber hablado, Lawrence, lo sabes. -echó a caminar sin mirar atrás hacia un solar con varias casas. Solo una de ellas estaba iluminada todavía, y a través de las ventanas de podían distinguir las siluetas de dos jóvenes.
Me tapé más con la bufanda y noté como mi amiga se abrochaba el abrigo. Conforme nos acercábamos al portal, el frío era mayor, como un mal presagio.
Y el que estaba realmente acojonado era yo. Stella y servidor nos quedamos parados frente a una puerta de la que colgaba un buzón con los nombres algo borrados. Todavía se podían leer cada una de las letras de Annelisse Summers. En otra ocasión me habría reido de la locura de Stradivari y su afán de cambiarse el nombre, pero ese no era el momento.
Ambos nos encontrábamos en tensión, sin atrevernos a llamar. ¿Como se tomaría la chica que estaba al otro lado de la descolorida puerta que Ben, Kitty, Stella y yo habíamos sido la causa de la muerte de James? Es más, ¿como se tomaría que había muerto?
Aunque que lo peor era que no habían sido los demás los que se lo habían cargado, sino yo. O eso dijo Melanie. Esperaba que no estuviese en lo cierto, porque si no Stradivari lo sabría por adelantado.
Unas voces que provenían del interior de la casa nos hicieron reaccionar. Casi sin darnos cuenta, los dos estábamos enseguida delante de una ventana, escondidos sin mala intención.
Dentro de la vivienda, pudimos distinguir a Stradivari, sentada en una silla de aspecto endeble y con el largo cabello castaño cayendo sobre su espalda y hombros. Solo vestía un sencillo camisón.
En frente de ella había un joven bien abrigado. Miré a Stella, en busca de alguna reacción, pero ella sabía tan poco como yo.
-...no llores -decía el chaval. Se agachó frente a la chica, igualando sus miradas.
-Lo siento. Lo siento muchísimo-. susurró ella.
-No es culpa tuya, aunque te empeñes en decir lo contrario. Nunca podrías haber evitado que muriese Jimmy. Lo llevaba escrito en la frente- continuó él. Discrepé de su consuelo, pero luego pensé en que ese tipo de cosas eran las que le gustaba oir a Stradivari.
-Ya sé que no fue culpa mía- su voz sonó ahora más firme. Alzó la cabeza-. Fue culpa de Lawrence- un escalofrío me recorrió de arriba a abajo y mis ojos se encontraron con los de una alarmada Stella-. Pero no le culpo, él no quería. Es más, a lo mejor no se ha dado cuenta ¿sabes?
-No te preocupes.
-Venecia...-susurró. Stella y yo aguantamos la respiración.
-Dime.
-¿Sabías que tienes nombre de ciudad? Sí, Venecia- esbozó una pequeña sonrisa.
-¿Nombre de ciudad? No digas tonterías, Stradivari- él también sonrió, limpiando con el pulgar las lágrimas del rostro de la joven.
-Sí. Lo leí un libro- insistió ella, convencida.
Poco a poco me fui alejando de la ventana. Stella hizo lo mismo.
Allí no pintábamos nada, todos sabían lo que tenían que saber, y nada más. Entonces todo daba igual.
-Crees que esto está bien, ¿verdad?
-Oh, Stella, cierra la boca. -le espeté. No tenía intención de herirla, solamente llevaba el cansancio a cuestas.
-De acuerdo, Lawrence, yo no pienso meterme más en esto.
Alcé la mirada, contemplando el contraste de sombras con los destellos que derramaba una enfermiza farola sombre sus cabellos. No hizo falta que clavase los ojos en mí para arrancarme un estremecimiento. Incluso antes de que sus labios se separasen, ya había escuchado lo que quería decir.
-Maldita sea, despierta de una vez. Hace justo dos meses que murió Jimmy...
-Lo sé, vengo de llevarle el mechero- dije despreocupadamente, jugueteando con los botones del pantalón.
-¿Quieres seguir ocultándole a todo el mundo que se pegó un tiro? ¿Qué estiró la pata?-continuó ella, haciendo oídos sordos a mi comentario -Allá tú.
Hollie. Chris. Gabriella. Las palabras de Stella me hizo recordar a todos ellos, desconocidos, amigos, compañeros. Sus miradas al descubrir algo que yo había intentado de manera infantil guardarme para mí.
-Muy bien. Vamos a hablar con Stravivari, a ver que tal le va. Acabemos cuanto antes con esto. Tal vez después decida ir a hacerle compañía a St. Jimmy.
-Cállate. Ella es la primera con la que deberíamos haber hablado, Lawrence, lo sabes. -echó a caminar sin mirar atrás hacia un solar con varias casas. Solo una de ellas estaba iluminada todavía, y a través de las ventanas de podían distinguir las siluetas de dos jóvenes.
Me tapé más con la bufanda y noté como mi amiga se abrochaba el abrigo. Conforme nos acercábamos al portal, el frío era mayor, como un mal presagio.
Y el que estaba realmente acojonado era yo. Stella y servidor nos quedamos parados frente a una puerta de la que colgaba un buzón con los nombres algo borrados. Todavía se podían leer cada una de las letras de Annelisse Summers. En otra ocasión me habría reido de la locura de Stradivari y su afán de cambiarse el nombre, pero ese no era el momento.
Ambos nos encontrábamos en tensión, sin atrevernos a llamar. ¿Como se tomaría la chica que estaba al otro lado de la descolorida puerta que Ben, Kitty, Stella y yo habíamos sido la causa de la muerte de James? Es más, ¿como se tomaría que había muerto?
Aunque que lo peor era que no habían sido los demás los que se lo habían cargado, sino yo. O eso dijo Melanie. Esperaba que no estuviese en lo cierto, porque si no Stradivari lo sabría por adelantado.
Unas voces que provenían del interior de la casa nos hicieron reaccionar. Casi sin darnos cuenta, los dos estábamos enseguida delante de una ventana, escondidos sin mala intención.
Dentro de la vivienda, pudimos distinguir a Stradivari, sentada en una silla de aspecto endeble y con el largo cabello castaño cayendo sobre su espalda y hombros. Solo vestía un sencillo camisón.
En frente de ella había un joven bien abrigado. Miré a Stella, en busca de alguna reacción, pero ella sabía tan poco como yo.
-...no llores -decía el chaval. Se agachó frente a la chica, igualando sus miradas.
-Lo siento. Lo siento muchísimo-. susurró ella.
-No es culpa tuya, aunque te empeñes en decir lo contrario. Nunca podrías haber evitado que muriese Jimmy. Lo llevaba escrito en la frente- continuó él. Discrepé de su consuelo, pero luego pensé en que ese tipo de cosas eran las que le gustaba oir a Stradivari.
-Ya sé que no fue culpa mía- su voz sonó ahora más firme. Alzó la cabeza-. Fue culpa de Lawrence- un escalofrío me recorrió de arriba a abajo y mis ojos se encontraron con los de una alarmada Stella-. Pero no le culpo, él no quería. Es más, a lo mejor no se ha dado cuenta ¿sabes?
-No te preocupes.
-Venecia...-susurró. Stella y yo aguantamos la respiración.
-Dime.
-¿Sabías que tienes nombre de ciudad? Sí, Venecia- esbozó una pequeña sonrisa.
-¿Nombre de ciudad? No digas tonterías, Stradivari- él también sonrió, limpiando con el pulgar las lágrimas del rostro de la joven.
-Sí. Lo leí un libro- insistió ella, convencida.
Poco a poco me fui alejando de la ventana. Stella hizo lo mismo.
Allí no pintábamos nada, todos sabían lo que tenían que saber, y nada más. Entonces todo daba igual.
13.11.10
St. Jimmy
Stella fue la primera en hablar. No lo quería hacer nadie, todos lo sabíamos, pero alguien debía dar ese paso. El vaho se arremolinó en torno a sus mejillas rosadas. Si la hubieses visto, enmarcada por una maraña de bucles rubios que delataban varios días sin dormir y el maquillaje corrido por toda la cara, a causa de las lágrimas que le hiciste soltar. Ella, que siempre fue fuerte, se derrumbó ante ti. Las palabras no le salían.
Nos mordimos el labio inferior a coro, como si fuese el inicio de un ritual de animadoras en segundo curso de secundaria. Incluso nuestra sangre se puso de acuerdo para brotar. Bueno, en realidad ya la habíamos derramado toda o, mejor dicho, tú la habías derramado sobre nosotros.
A pesar de lo que Stella dijo (o de lo que no dijese), sabía que no servía de nada. Kitty intentó levantarla del suelo, pero ambas cayeron sobre las hojas otoñales. Y ahí estábamos Ben y yo, mirándolas fijamente, mientras pensábamos mil y una formas de no joder la situación diciendo algo, lo que fuese.
Te nos fuiste con la cabeza bien alta ¿eh, Jimmy? No dudaste ni un momento en que tú eras el héroe. Joder, y encima tenías razón, eras el héroe cabrón de película barata. Y no pudiste hacer otra cosa que esfumarte.
Muchas habían sido las veces que había lamentado la muerte de alguien, pero precisamente tú...
Te odiábamos por eso. Y encima tu sonrisa estúpida permaneció con nosotros. En realidad nunca nos dejaste tranquilos.
Nos sobresaltó un golpe seco, y todo quedó en silencio. Ben, con la cabeza gacha, le había asestado un puñetazo a la recién esculpida lápida. Kitty sollozó. Stella le gritó a Ben. Yo me quedé en silencio. Tú te reiste de nosotros.
Siempre tuviste el corazón lleno de clavos ¿me equivoco? Melanie ya nos lo contó. Nos dijo lo que queríamos oir, nos dijo lo que no queríamos creer.
El cielo gruñó. Al final te habías conseguido un hueco ahí arriba ¿eh? ¿Engañaste al del portón dorado para que de dejase entar?
Mira, santo, te mataría por lo que hiciste, por desaparecer. Bueno, lo haría si no te hubieses volado los sesos, claro está. Había que dejar tranquilos a los suicidas (aunque lo cierto es que ya te habías suicidado un poco cuando nos conocimos). Eso también nos lo enseñó Melanie.
Nos dijo que soñabas con lanzarte desde los acantilados, que eras un tío enfurecido con el mundo y un imbécil que se rebelaba por nada. También nos dijo que te iban los chicles de regaliz, en ron con tónica y que me querías. Y de todo eso no nos dijiste nada.
Supimos más de ti en tu ausencia que en vida. Suele pasar.
Ellas se giraron con expresión firme y falsa, Ben y yo hicimos lo mismo y echamos a andar. Al fondo se desdibujaba tu ataúd. Sobre él un disco rayado, un paquete de cigarrillos y un par de botellas de alcohol.
Nos mordimos el labio inferior a coro, como si fuese el inicio de un ritual de animadoras en segundo curso de secundaria. Incluso nuestra sangre se puso de acuerdo para brotar. Bueno, en realidad ya la habíamos derramado toda o, mejor dicho, tú la habías derramado sobre nosotros.
A pesar de lo que Stella dijo (o de lo que no dijese), sabía que no servía de nada. Kitty intentó levantarla del suelo, pero ambas cayeron sobre las hojas otoñales. Y ahí estábamos Ben y yo, mirándolas fijamente, mientras pensábamos mil y una formas de no joder la situación diciendo algo, lo que fuese.
Te nos fuiste con la cabeza bien alta ¿eh, Jimmy? No dudaste ni un momento en que tú eras el héroe. Joder, y encima tenías razón, eras el héroe cabrón de película barata. Y no pudiste hacer otra cosa que esfumarte.
Muchas habían sido las veces que había lamentado la muerte de alguien, pero precisamente tú...
Te odiábamos por eso. Y encima tu sonrisa estúpida permaneció con nosotros. En realidad nunca nos dejaste tranquilos.
Nos sobresaltó un golpe seco, y todo quedó en silencio. Ben, con la cabeza gacha, le había asestado un puñetazo a la recién esculpida lápida. Kitty sollozó. Stella le gritó a Ben. Yo me quedé en silencio. Tú te reiste de nosotros.
Siempre tuviste el corazón lleno de clavos ¿me equivoco? Melanie ya nos lo contó. Nos dijo lo que queríamos oir, nos dijo lo que no queríamos creer.
El cielo gruñó. Al final te habías conseguido un hueco ahí arriba ¿eh? ¿Engañaste al del portón dorado para que de dejase entar?
Mira, santo, te mataría por lo que hiciste, por desaparecer. Bueno, lo haría si no te hubieses volado los sesos, claro está. Había que dejar tranquilos a los suicidas (aunque lo cierto es que ya te habías suicidado un poco cuando nos conocimos). Eso también nos lo enseñó Melanie.
Nos dijo que soñabas con lanzarte desde los acantilados, que eras un tío enfurecido con el mundo y un imbécil que se rebelaba por nada. También nos dijo que te iban los chicles de regaliz, en ron con tónica y que me querías. Y de todo eso no nos dijiste nada.
Supimos más de ti en tu ausencia que en vida. Suele pasar.
Ellas se giraron con expresión firme y falsa, Ben y yo hicimos lo mismo y echamos a andar. Al fondo se desdibujaba tu ataúd. Sobre él un disco rayado, un paquete de cigarrillos y un par de botellas de alcohol.
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