{ Dicen que cada molécula de nuestro cuerpo perteneció alguna vez a una estrella. Quizá no me esté yendo. Quizá este volviendo a casa. }

Gattaca.

Aunque esta vez si no respiro es por no ahogarme



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7.7.13

Voy a hacer que me temas





Aquella noche las aguas del Sena tenían reflejos de estrellas pelirrojas. Aquella noche las gotas de agua que salpicaban los muros que enjaulaban a aquel manto plateado sabían a alcohol y a cristales rotos. Aquella noche Florent quería olvidarse del mundo un poco para siempre.

Los adoquines volvían a mancharse con las sombras conocidas de un par de estudiantes que volvían a casa muy tarde o salían de ellas muy pronto. Alain había planeado pasar la tarde con Rémy y Chloé haciendo esas cosas que ellos hacían, como decía el pelirrojo, aunque todo había finalizado con el rubio y el moreno esperando a la chica en la biblioteca y declarando finalmente la misión abortada, así que estaban en su derecho de ir a por un café y lo que decidiese surgir en las calles de París. No hacía mucho que Alain se había despedido de Rémy y que sus pecas habían desaparecido en la oscuridad tras un golpe amistoso en el hombro, un gemido de dolor contenido por su parte y una carcajada demasiado melodiosa para la nariz rota de los altos hombros que se tragaban las farolas del paseo.

Así que en aquel momento Alain Louviere caminaba hacia su casa pasando la mano por la piedra del muro que bordeaba el río, aunque bien podría haber estado caminando hacia ninguna parte. De repente sus pasos se aceleraron a causa de una silueta conocida que se balanceaba por encima del empedrado. Cuando la luz amarilla de las bombillas le dejó ver el rostro pálido de Florent, sus mejillas sonrojadas como cerezas y las profundas ojeras bajo sus ojos, se cruzó de brazos con esa cabezonería que solamente Louviere podía tener. El chico delgado sonrió todavía más desde lo alto. Se había quitado el jersey, que estaba atado a su cintura, y de su mano derecha colgaba una botella prácticamente vacía. Alain no podía llegar a descifrar su contenido, pero se sospechaba desde la distancia. Llevaba los mechones naranjas recogidos pobremente en un intento de formar dos trenzas de las que se le escapaban con descaro, como si un niño travieso se hubiese ensañado con su pelo en el parque, cosa muy probable, conociéndole.

Pero más allá del cuadro que se pintaba ante sus ojos, más allá del aspecto deplorable de Florent, Alain no estaba enfadado. No tenía razón alguna. Si su ceño estuviese más fruncido, todo su rostro se quebraría en mil pedazos. Parecía que iba a enseñar los dientes en cualquier momento, pero seguía quieto, con un aspecto fantasmal causado por la luz eléctrica, que destacaba la cicatriz que le cruzaba los labios de arriba abajo. Si hubiese estado enfurecido, Florent no se inmutaría porque nunca había llegado a temer su ira. Pero verlo así, cuando sus rasgos se iban derritiendo en una mueca de preocupación, cuando le brillaban los ojos azules y parecía que iba a saltar sobre él para ayudarle, le habría producido escalofríos de haber estado lo suficientemente lúcido.

—Qué honor el mío, Louviere ha vuelto a visitarme. Dos veces en una semana, ¡qué suerte estoy teniendo! —a pesar de su sonrisa, sus palabras sonaban amargas y sabían a óxido.

—Estás borracho— no parecía una acusación, más bien una evidencia. En su voz había un matiz de alarma. La reacción normal de alguien que quería ayudarle, que le había dejado claro varias veces que no le odiaba. Porque no le odiaba, ¿verdad?

—Ah, bueno. Tal vez. Fallo técnico. No me lo puedes recriminar, ¡nadie se puede negar al alcohol gratis!

—¿Qué has hecho, Florent? —sus palabras fueron acompañadas por un gesto inconsciente de arrebatarle con delicadeza la botella de las manos, pero el pelirrojo pegó un salto a la izquierda que le hizo perder el equilibrio y por poco le tira al río. Alain logró cogerle del jersey antes de que cayese de espaldas e inmediatamente Florent se zafó de su agarre con la vaga brusquedad de un beodo.

—Ah, ¿es que no te había contado nada Chloé? Pues… —se le atragantaron las palabras en el pecho—. Eso no encajaba en vuestros planes, ¿a que no? ¡Pues no podéis arreglarme! ¡A ver si os dais cuenta de una vez! ¡Ja! ¡Ahora sí que no puedes hacer nada, Louviere! —las carcajadas borboteaban dentro de sus pulmones.

Silencio. Ni la noche de París tenía una respuesta para los gritos de su gato diurno. Y aunque Alain Louviere tuviese demasiadas palabras en los labios, se las había tragado de una sentada al darse cuenta de que si abría la boca él también empezaría a gritar y aquello no estaba bien. Así que, sin articular sonido alguno, sin dejar que sus pensamientos comenzasen una batalla que Florent no podría ganar, pasó de largo y siguió con su camino. El “Buenas noches” se le quedó entre pisada y pisada. La mirada de reprobación se la guardó para la gran urbe que les servía de escenario. Aquella noche fue en la que de verdad Florent y su ciudad empezaron a creer en el miedo.

9.6.13

A Rémy le pintaron las pecas torcidas porque no había nada más que combinase con esa nariz rota y el pelo color trigo.

2.6.13

Orgullo




No era fácil encontrar a Florent cuando la ciudad entera le pertenecía. Si uno se fijaba bien, podía hacerse una idea sobre su ruta habitual por las callejuelas de París, señalar en un mapa de metros en qué paradas se solía guarecer y trazar un dibujo con los parques en los que se le podía ver colgándose de los bancos de buena mañana. Pero eso no garantizaba nada, porque el dueño de la ciudad tenía un gran lienzo para él solo, un libro en blanco en el que dejarse caer sin prestar atención a rutinas ni horarios. Además, los días de frío complicaban las cosas, pues su melena pelirroja estaba oculta bajo la capucha de su sudadera y apagaba la llama de sus cabellos, haciendo mucho más difícil su identificación.

Pero aquel día en concreto, o Alain se sentía muy optimista o estaba convencido de que podía encontrar al joven poeta si se lo proponía. Caminaba con precaución, rodeando los lugares por los que Florent solía rondar, alejándose de las calles concurridas, acercándose cada vez más al Sena, que le arrancaba brillos plateados al cielo cubierto de neblina. Y entonces lo vio, la capucha roja sobre las orejas, el cuerpo aovillado encima del muro de piedra que separaba el paseo del río, un amasijo de colores que desentonaban, de tela ancha, de flores estampadas, de capas y capas, que daba la impresión de que llevaba puesta toda la ropa que tenía. Alain no pudo evitar una sonrisa amarga, dándose cuenta de que seguramente estaría en lo cierto. Pero se obligó a borrar aquel pensamiento de su mente y acercarse al chico que acababa de terminar una conversación con un par de transeúntes que daban la sensación de ser extranjeros.

—Al fin te encuentro —dijo a su espalda, con las manos en los bolsillos de la cazadora y un amago de sonrisa enterrado en la bufanda gris. Jamás lo admitiría, pero no sabía que decir. Las ideas se le atascaban en la garganta y las palabras se le enredaban en la lengua.

Florent alzó la cabeza, esbozando una gran sonrisa al tiempo que los mechones anaranjados le cubrían los ojos. Su mirada brillaba con un destello color avellana enturbiado por el reflejo de las nubes grises, enmarcada por enormes ojeras y pinceladas rojas bajo los párpados. No se molestó en retirarse el pelo.

—Oh, ¿así que estabas buscándome? ¿O ha sido Chloé la que te ha pedido que vinieses? —en realidad sabía que su amiga no haría algo así. Ni Chloé, ni los gemelos, ni Francis. Pero le gustaba hacer rabiar al mundo en general y a Alain en particular. Se lo debía. Florent no era alguien especialmente rencoroso y solía dejar pasar las cosas con una facilidad increíble, pero suponía que estaba en su derecho de darse el capricho de ver a Alain Louviere frunciendo el ceño con preocupación y apretando los dientes mientras seguía con los hombros rígidos y las vértebras tensas.

—Oh, yo… Bueno, desapareciste completamente, así que pensé que quizá te apetecía pasar un rato en compañía en un día así de frío. He traído comida, ¿te apetece hacer un picnic? —dijo atropelladamente al tiempo que levantaba la mano en la que llevaba una bolsa con el logotipo de alguna tienda asiática estampado en el plástico y varios paquetes dentro. A Alain, el de las palabras frías y la mente clara, el que nunca dejaba nada en el fondo de su garganta, el amante de las musas, se le había ido la voz. Porque podía ser muy bueno a la hora de dirigirse a los demás, pero siempre si estaba en su terreno. Si algo sacudía su mundo, se veía sin puntos de apoyo y su armadura caía. Algo así le pasaba con Florent ahora que se había descubierto en una situación con la que no había lidiado jamás. Y tampoco sabía muy bien como sentirse al respecto. Parte de él quería enfadarse con él, hervía con rabia, deseaba obligarle a aceptar su ayuda porque, simplemente, eso no estaba bien y tenía que dejar que le ayudase. Y Alain siempre hacía lo correcto y necesitaba solucionar las cosas, aunque le llevasen la contraria. Pero en aquel momento sabía que debía dejarlo estar, que debía respetar a Florent porque, simplemente, él se lo había pedido.

Desde su posición sobre la piedra blanca, todavía con las rodillas pegadas al pecho, frotándose la tela del pantalón con las manos desprotegidas e intentando ocultar el temblor de sus hombros, el pelirrojo alzó una ceja con una mueca de burla en su rostro.

—¿Me has traído comida china? —no pudo evitar reír, pero sonaba cansado y roto por dentro. Alain pudo llegar a escuchar sus pedazos tintineando entre su risa. Pronto su expresión se ensombreció—. De verdad, Louviere, no hace falta. Estoy bien. No tienes que hacer nada por mí. En serio.

Alain también se puso un poco más serio, apretando los dientes, frunciendo ligeramente el ceño. Pero Florent estaba demasiado cansado de hacerle entrar en razón, tanto que estaba empezando a desear que le dejase tranquilo, a pesar de que no le desagradase especialmente su espesa compañía.

—Ya lo sé, solamente me apetecía hacer algo así. ¿Es que ahora uno no puede invitar a comer a un amigo?

—¿Amigo? ¿Me he perdido algo? —Florent sonaba relajado, como si intentase quitarle importancia al asunto. No quería que se preocupasen por él de aquella forma, no quería dar pena—. Por favor, deja de comportarte así. No quiero que seas bueno conmigo porque te doy pena —después de tanto tiempo, aquello era lo que peor llevaba Florent. Después de la desesperación inicial, se había dado cuenta de que no quería la piedad de nadie. Todo el mundo le trataba de forma diferente en cuanto conocían su condición, como si no pudiesen ver más allá de la sombra de cachorro abandonado, como si toda su vida girase en torno a ello. Eso era lo que Florent había acabado por no soportar de tal forma que había construido un muro entorno a sí mismo, impidiendo que todo gesto amable le traspasase—. No lo hagas peor, ¿de acuerdo?

—Florent, al contrario de lo que pueda parecer, no te odio —el pelirrojo tuvo que aceptar la sinceridad que había en las palabras de Alain—. Ni siquiera me caes mal. Que hayamos tenido nuestras diferencias no significa que tengamos que llevarnos mal. No lo hago por ti. Lo hago por nosotros.

—Vale, vale, caballero de brillante armadura, supongo que tendré que aceptar tu oferta —aunque sonaba animado, en los ojos de Florent todavía brillaba la duda. No acababa de creer en la palabra de Alain, pero no quería darle más vueltas al asunto, y sabía muy bien que el moreno no iba a darse por vencido hasta que aceptase su invitación. Así que, con un gesto, le indicó que se sentase con él sobre el muro, con los pies colgando hacia el Sena, guiñándole un ojo castaño y dejándole enseñarle lo que le había traído. El pelirrojo cerró los ojos, dejando caer los párpados por un momento, ocultando con sus pestañas las ojeras violetas que Alain había ignorado educadamente. Porque había algo más. Podía sonreír todo lo que quisiera, podía quitarle importancia, pero Florent estaba estremecedoramente cansado. Florent se rompía.

21.4.13

Y...

Florent se tragaba las calles de desayuno y se colgaba de los columpios oxidados del parque y le lanzaba piedras al río y escribía poemas en las farolas con rotulador permanente y arrastraba las zapatillas desgastadas y se subía a las barandillas de los puentes y se descolgaba de las aceras y dormía en los bancos de los jardines y odiaba los aspersores y vestía jerséis de flores y pantalones amarillos y se hacía una trenza por las mañanas y huía de la lluvia y se refugiaba en los andamios y se subía la capucha y ocultaba sus mechones naranjas y se reía de su mundo en blanco y negro y se bebía las noches con sabor a alcohol barato y se desmayaba en los callejones y se reía del mundo en su cara y no buscaba las lágrimas que no le quedaban y se metía en conversaciones ajenas y se hacía sus propios carteles para manifestaciones por derechos que ni siquiera conocía y hablaba con los gatos y tomaba el sol en los tejados y llamaba a los timbres como pasatiempo de los domingos y vagaba por los suburbios y gritaba en el metro y se quedaba dormido en las esquinas de una ciudad que a Florent debería tenerle miedo.