{ Dicen que cada molécula de nuestro cuerpo perteneció alguna vez a una estrella. Quizá no me esté yendo. Quizá este volviendo a casa. }

Gattaca.

Aunque esta vez si no respiro es por no ahogarme



26.9.11

5, 4, 3, 2, 1, bang!

Chocolate. Abrió los ojos al primier pitido de la alarma. Y a eso le sabía el día, a chocolate.
No tardó mucho en vestirse, calzarse las botas grises y echarse la chaqueta de cuero al hombro cual cásico motero de película. Solo le habría faltado farfullar unas palabras que sonarían a Hysteria tocada con frenesí.
Hasta sabía con certeza que le saldrían con el desafine de la voz mañanera.
Rió entre dientes mientras cogía las llaves de la repisa y cerraba la puerta con dos vueltas, dejando tras de si un olor a piel y jabón de canela.
Con el rebotar de la suela de goma contra los escalones polvorientos y las volutas grises formando infinitas galaxias entrono sus pies como único acompañamiento, se dio por comenzada la bajada de escaleras más larga jamás vista, superando con creces la de Titanic, cuyo final Jaques se había perdido por haber bebido demasiado tequila.
Mientras bajaba, el joven moreno se fijó, como cada mañana, en las puertas de los demás pisos, que lucían una sombra de abandono pintada bajo el barniz desconchado que estaba seguro que si tocaba, se desharía en terciopelo bajo sus dedos.  Volvió a reir, esta vez a carcajada limpia.
No por la macabra soledad del edificio que todavía le producía pesadillas de vez en cuando, ni por los restos de adrenalina de la noche anterior, ni por aquel plan fallido que resultó ser perfecto, ni por la chica de esmalte de uñas fluorescente y labios rojos que estaba dispuesta a arrancarle la cabeza si hacía falta cuando cruzase el portal, ni incluso porque sabía que ella sería incapaz de hacerlo y le bastaría con algunos calambrazos en el hombro.
Rió porque, por una vez, aquella mañana había conseguido burlarse de la rutina, deslizándose por la barandilla para saltarse los últimos escalones, había conseguido volar a través del marco de la puerta sin caer de bruces contra los charcos embarrados, había cantado a voz en grito los versos de aquella canción que se había prometido jamás tararear. Y, joder, claro que reía por no haber acabado muerto.

(Aunque lo que Jaques no sabía es que si se le ocurría la fantástica idea de morir, Dakota lo traería de nuevo a la vida solo para cortarle el cuello de nuevo y bailar sobre su tumba)

2 comentarios:

  1. Dios borra mi comentario anterior.
    Se me ha "hecho" cortísimo.

    Mi ex-monja de literatura me habría matado.

    P.

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